El 16 de junio de 1955

 

La presión que se ejercía desde el peronismo sobre la gente sobrepasaba lo imaginable. Del mismo modo, flotaba en el ambiente que en cualquier momento se desataría una revolución que terminaría con Perón. 

Así fue como el 16 de junio de 1955 la aviación de la Marina de Guerra bombardeó la Plaza de Mayo para derrocar a Perón. Mi acostumbramiento a la gran ciudad, que ya comenzaba a disfrutar, sufrió un violento choque.

Me encontraba ese día a escasas dos cuadras, en el Nacional de Buenos Aires, en séptima hora, con el profesor Balbiani, en clase de geografía. Faltaban apenas 10 minutos para volver a casa cuando comenzaron a caer las bombas. Recuerdo que entró un celador a la clase gritando :"derrocamos al dictador!". Sentí alguna emoción. Salimos todos corriendo del aula ante el temor de que alguna bomba cayera en el colegio y nos refugiamos en el subsuelo, en el salón de cine. Papá me fue a buscar al colegio y , al salir,  vi un camión darse vuelta y aplastar con su caja a la gente que llevaba  a la Plaza a defender a Perón. En ese preciso momento, hallándonos a unos 200 metros del colegio, un nuevo ataque conmovió la ciudad. La gente corría despavorida mientras algunos aprovechaban la circunstancia de ir a ayudar a Perón para saquear  una armería en la calle Moreno y así, llevarse todas las armas que encontraban al alcance sus manos. Corrimos con mi padre en busca de una boca de subterráneo para volver a casa.

De resultas del bombardeo se verificaron  300 muertos y más de 2000 heridos. A todo esto Perón se había refugiado en el subsuelo del edificio Alea. El general estaba a resguardo. Entonces me pregunté: ¿para echar a ese hijo de tal por cual hay que bombardear la ciudad y matar a la gente? ¿Por qué no lo matan a él? La respuesta vino mucho más tarde.

 

Hizo falta un segundo golpe, tres meses después, para terminar con Perón. Si antes se “olía” la revolución, durante estos tres meses ya era más que tangible. Perón se volvió loco: por todos los medios salió a decir que iba a colgar a los oligarcas con alambre de fardo que él personalmente entregaría al pueblo;  sus hordas incendiaron iglesias, quemaron el Jockey Club –un reducto oligarca que guardaba  preciosas obras de arte... en fin, se llevó a cabo cuanto desmán uno pueda imaginarse.

Caído el régimen, con un nuevo golpe en septiembre, los “libertadores” - la revolución que terminó con Perón se autodenomino "Libertadora"- fusilaron  a unos cuantos peronistas en Lanús, pueblo del Gran Buenos Aires de reconocida filiación peronista. Decían que era el escarmiento para que los "cabecitas negras  se dejaran de joder".

 

Comencé a diferenciar a los peronistas. Los pobres y estafados desvalidos por un lado, y  la oligarquía peronista, inmunda colección de ladrones que cometió las mayores tropelías en nombre de la justicia social, la libertad económica  y la soberanía política.

 

Cuando cayó Perón definitivamente mucha gente fue a la Plaza de Mayo a festejar su caída.  ¡Cuánto dolor! ¿Qué mierda festejaban los que apoyaban a la Revolución Libertadora? ¿Qué libertades que hubieran visto restringidas durante el gobierno de Perón habrían de gozar a partir de ese momento? ¿Cuál había sido su lucha para evitar que Perón abusara de la gente, para evitar que incendiara las iglesias o cerrara el diario La Prensa? Poco se sabía de ellos. Sólo que se perfumaron y salieron a festejar para diferenciarse de los "cabecitas". 

 

A continuación vino la caída definitiva de la Argentina.

Nota: ampliar en

Argentina: ¿hasta cuándo?

Breve relación de los últimos 50 años 

de un país que no ha podido ser

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por Carlos Á. Trevisi (Ed. Librorum)